Había quedado en armar un mueble en casa de Madre, al noroccidente de la ciudad. Ella me había dicho temprano para vernos. Y me escribió que ya estaba en La Candelaria, en el centro, que iba al teatro. Que si quería la buscara allí para ver la obra, un documental relacionado con derechos humanos y la miseria que en Colombia ha sido el violarlos sin tregua.
Serían casi las seis de la tarde y la obra empezaba a las siete. Le dije que no llegaría. Para qué prometer si no se puede cumplir. En el último momento decidí ir, y salí corriendo a buscarla. Llegué siete minutos antes de las siete. La busqué por todo el salón de espera, suerte de café rústico, dispuesto con mesas, barras, y una serie de posters de arte de vanguardia que anunciaban obras en cartelera y pasados éxitos de la sala. No la encontré por ningún lado.
De pronto ella me abordó y me sorprendió. Me saludó sin alegría. Generalmente lo hacía, con besos y abrazos. No. Esta vez se le notaba fría pero imaginé que era por la premura de entrar a tiempo a la obra.
-Viniste. -Me dijo con ojos sin brillo.
-Te dije que iba a hacer lo posible, pero se me hizo tarde en la labor, pensé que no alcanzaría y mejor no quedarte mal.
-Ya está muy tarde aquí. Ya no habrá boletas. Podemos ir a otra parte. Tal vez mejor a cenar.
-¿Tienes tu boleta? -Le repliqué. -Deja ver si todavía se puede, le dije mostrándole la línea que aún había frente a la venta de entradas.
-Ella aceptó a regañadientes, pero insistía en mejorar el plan e ir a otra parte debida la premura.
Nos pusimos en una de dos filas que había, la nuestra para comprar mi boleto, la otra, para entrar al escenario. En esa otra fila vi a un hombre barbado, alto, buen mozo, que me llamó la atención porque me miraba con cara de intriga. Me molestó un poco y se lo dije a ella.
-No le pares bolas. No te pongas con tus películas.
La fila del hombre avanzó rápidamente y, junto con otras tres personas que le acompañaban, desaparecieron por la puerta de ingreso.
Por fin entramos a la sala. Un teatro bien dispuesto y con mejor asistencia, aunque no había lleno por completo. Había filas de sillas vacías. Aún así era buena la respuesta del público.
Tomamos asiento y noté que el hombre que había visto y su grupo estaban sentados unas 4 filas atrás de nosotros. En las intermedias no había mucha asistencia a nuestras espaldas. Las luces del teatro no se habían apagado del todo, estaban en los previos, así que nos dejamos guiar por las luces de la pantalla que iluminaban claramente los rostros de la audiencia.
Ella tenía su cabello alborotado y hermoso. Se lo esponjó aún más alborotándolo con sus manos. Se quitó el abrigo. Tenía una blusa que dejaba ver su cintura perfecta, que ella se jactaba en lucir.
Esa actitud de mecer el cabello y alborotarlo era siempre una señal de su coquetería y su encanto. Le dije que estaba muy hermosa. Sonrió queda, yo quería darle un beso para sentir esa belleza dilatada. Ella me evitó, de manera que no solía hacer. Apenas me puso la mejilla y se acomodó en su asiento, diciendo: ¡Ya va a empezar!
La obra empezó. No pasaron cinco minutos cuando la noté reubicándose en la silla. Se acomodó de lado, echando su espalda y cabello hacía mí, lo que me impedía ver su rostro. Pronto me di cuenta que veía al hombre de las cuatro filas atrás. No paraba de torcerse aún más y mirar hacía atrás, con discreción para que yo no la notara. Pero era evidente que estaba flirteando con el barbudo. Por fin me atreví a voltear la mirada y lo ví a él. Sus ojos y actitud se volvieron de inmediato hacía mi. Ojos de sorpresa. Ojos delatados.
Traté de concentrarme en el documental que era intenso y doloroso. Pero ella no paraba su juego. Ebullía su palpitación hormonal. Alborotaba su cabello como excusa para mirar hacía atrás.
Volví a ver al hombre. Esta vez no me respondieron sus ojos. Estaba sonriente y fijo en ella. La conexión entre ellos se hacía notoria con la intermitencia de las luces de la pantalla.
A mi me encantaba verla coquetear. Una especie de morbo que me encendía cuando ella hervía. Como yo no reaccionaba y me hacía inmerso en la pantalla al prolongarse el tiempo y las escenas, ellos dejaron la discreción. Ella volteó su rostro por fin, un par de veces, hacía mí, mirándome de reojo. Yo había copiado la forma en que ella se sentó de lado para poder verlos sin que se notara que abandonaba el documental para ver su juego.
Estaba demasiado atrevida y descarada y me empecé a sentir mal. Yo no era su amigo. Tampoco su novio oficial, apenas su amante de ese momento. No tenía muchas atribuciones, está bien, pero le susurré: Oye, estás ya muy descarada.
De inmediato torció su cuerpo y me miró, al fin, fijamente y molesta: “¿De qué hablas?”, se exaltó.
-Estás muy descarada coqueteando con el barbudo de atrás. Por favor. -Me miró con odio: ¡Estás alucinando! -dijo. Se reacomodo en la silla y ya se quedó en el documental. Se veía molesta.
Un par de veces me miró de reojo pero sin acercarse para nada. Nosotros que en cada esquina nos abrazamos y besamos.
El documental estaba ya por el final. Serían unos cinco minutos antes del cierre, ella volvió a verme de reojo. Yo concentrado en el documental. Pero respondía ante su mínima atención porque me gustaba verla. Su rostro era una pintura divina que amaba apreciar y besar. Ella me evadía.
Volvió ese gesto de alborotar su cabello hacia mi, y aprovechó para volver a ver atrás. Salieron los créditos y los aplausos. Las luces empezaban a encender. Esta vez ella se quedó mirando hacía atrás sin vacilar. Alcancé a ver su sonrisa hacía él. Como en aprobación al documental.
-Mira, si quieres me voy ahora para que puedas quedar con él. -Le dije tocando suavemente su perfecto abdomen descubierto. A mi contacto y mis palabras se reacomodó al instante.
-¡Qué te pasa! -Me dijo con tono grave y molesto. -Ya estás con tus películas.
Encendieron las luces. Ella se levantó de inmediato, mostrándose plena, con esa blusa corta y su pantalón ceñido que la hacían ver magnífica. Miró al barbudo sin pena, mientras se ponía su fino abrigo. Yo me quedé viendo al tipo, esta vez con actitud territorial. Se le congeló la sonrisa. Se dijeron algo entre él y sus acompañantes y se marchó sin mirarla de nuevo.
La obra había terminado.